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viernes, 17 de febrero de 2017

EL PAÍS DE LA CANELA

Diego La Hoz se define a sí mismo como «un director que escribe»; y solo los que conocemos el trabajo de Espacio Libre podemos comprender a qué se refiere cuando dice esto. Los textos de los montajes escritos y dirigidos por él obedecen a su particular poética de dirección y nacen en el pequeño y acogedor escenario de la casa-teatro Espacio Libre. Sus montajes son fragmentarios, utilizan un lenguaje poético, buscan la participación del espectador y tratan temas neurálgicos de la realidad –políticos, sociales, económicos, culturales− a través de un collage donde el humor es la herramienta principal para provocar la reflexión crítica del espectador. A todo ello se suma un impecable trabajo estético y una clara consciencia de la importancia de la estructura dramática.


Por todas estas cualidades es muy interesante e importante para el público limeño que Espacio Libre haya salido de casa. El país de la canela es una obra escrita por Alonso La Hoz y dirigida por Diego, en ella actúan tres integrantes de Espacio Libre –Karlos López Rentería, Javier Quiroz y Eliana Fry García-Pacheco− y el gran actor Ramón García. De modo que estamos ante una obra que cuenta con el sello certificado de Espacio Libre; así que están presentes muchas de las características descritas anteriormente, claro que con algunas diferencias y particularidades. El país de la canela es una alegoría, recrea un escenario posbélico y alude a la corrupción y degradación que imperan en un estado caótico. Un capitán –Ramón García − y un alférez –Karlos López− realizan un recorrido, quieren encontrar la memoria del capitán; su búsqueda, luego de encontrarse con distintos personajes, los conduce hasta el líder rebelde.

Dadas las condiciones del espacio escénico y con la finalidad de crear la necesaria intimidad que necesitan los montajes de Espacio Libre, dos personajes interactúan con el público incluso antes de entrar a la sala. Podemos identificarlos rápidamente como los villanos por su vestimenta, su maquillaje y sus acciones. Esto nos obliga a pensar que el capitán y el alférez son los héroes; lógicamente, durante la obra, esta línea divisoria se tornará difusa. Atendiendo a esta división, existe una diferencia en la performance de los distintos actores. Mientras que el registro de Ramón García y Karlos López es realista; los que identificamos como villanos, Javier Quiroz y Eliana Fry, utilizan un registro farsesco y su actuación es más afectada. Puede ser que esto se deba a que los “villanos” y los distintos personajes que encarnan Javier y Eliana actúan como una especie de coro griego; sostienen y dan sentido a las distintas acciones de los protagonistas; construyen el mundo caótico donde transcurren las acciones. Sin embargo, de todas maneras, esta diferencia desluce la percepción final del montaje; seguramente se hallará un equilibrio durante las siguientes funciones.   

Como en todos los montajes de Diego, no existe una secuencialidad lógica entre los distintos hechos y motivos de la historia. Esto obliga a que la estructura sea trabajada con sumo cuidado, pues evidentemente debe existir cohesión y unidad. En este caso, parece que se busca crear una estructura circular. La primera escena, que en realidad es un prólogo, pues da cuenta de hechos muy anteriores, acaecidos durante la guerra de la canela, se vincula visualmente con una de las escenas finales, cuando el alférez lograr liberar al capitán de las manos del líder rebelde y su lugartenienta. Esta solución, aunque no es muy convincente, logra subsanar, en cierta medida, las fallas en la estructura del texto. En casa Espacio Libre, las composiciones de Diego La Hoz crean conexiones estructurales muy efectivas y sorprendentes, para lograr esto se apoyan en la intertextualidad y cuestiones de índole semántica, además son creadas en y desde el escenario.   

De todas maneras el texto de Alonso La Hoz cuenta con muchos aciertos y se emparenta con la poética de Espacio Libre. Ya que, a través de un lenguaje aforístico: «Sonreír es un fin en sí mismo», «ser alguien es algo tan sencillo como levantarse de la cama», «el perdón es la forma más elegante de venganza», se logra conectar conceptos abstractos (sueños, corrupción, guerras, utopía, muerte…) con la esperanza y el desencanto que transmiten, respectivamente, el alférez y el capitán. De esta manera el público logra percibir y disfrutar conceptos que en la vida real son problemáticos y difusos.  

domingo, 19 de julio de 2015

RATSODIA


Rapsodia tiene dos significados. Es el nombre de los pasajes de un poema épico, especialmente en la obra homérica. Y también es el nombre de una composición musical que está conformada con fragmentos de otras obras. A partir de estos conceptos se puede iniciar una reflexión sobre Ratsodia, la última creación colectiva de Casa Espacio Libre. Cada día nos sentimos más cerca de Espacio Libre y comprendemos mejor su poética y su propuesta teatral. Quizás por ese motivo, sintamos que Ratsodia condensa las principales características que propone la poética del grupo. Un teatro que dialoga con la realidad, donde la reflexión nace del humor y de una vertiginosa conexión entre distintos discursos, personajes y motivos. Todo ello apelando a los más variados recursos dramáticos, que equilibran performance y palabra.

Ratsodia se parece a los cantos épicos recitados por los rapsodas griegos, porque es el canto de una civilización despreciada, pero íntima y cercana: las ratas, que buscan liberarse del yugo humano. Este canto de liberación se compone a través de distintos elementos. Se utilizan fragmentos de otras obras artísticas; pero, lo más importante, se utilizan distintos discursos, voces, motivos, escenarios, personajes. Así, una de las principales características de la poética de Espacio Libre se aprecia con claridad. Muchos elementos se aglutinan a través de una secuencia dramática, y con la ayuda de distintos disparadores; para dar cuenta de lo que siempre es el inicio de toda creación artística: lo que sentimos respecto de lo que nos rodea.

El canto de las ratas es una denuncia que devela la verdadera naturaleza de los seres humanos. Por ese motivo, en Ratsodia −una oda para curar el insomnio−, los juegos simbólicos son muy dinámicos. Este canto de las ratas oprimidas debería ser recitado en espacios como el Congreso, los Municipios, los bancos. Lugares donde las ratas más peligrosas, impregnadas de poder, son portadoras de un virus mucho más dañino que la peste bubónica. Pero también debería ser recitado en plazas, colegios, hospitales; porque las ratas también sufren exterminios y esterilizaciones forzadas. Las ratas, como muchos grupos humanos, son indeseables y su voz jamás será escuchada por los poderosos. Por estos excesos humanos y por mucho más, en Ratsodia, ellas emprenden la revolución, la guerra contra los seres humanos. Y tienen un gran plan, nos han estudiado, conocen nuestras limitaciones y nuestros excesos. ¿Podrán derrotarnos?


Lo que a través de estas líneas se siente acartonado, en vivo es una ebullición de experiencias. En donde, como de costumbre en Casa Espacio Libre, es imposible separar la risa de la indignación, la ironía de la ternura. Sería ocioso nombrar los aspectos que aborda esta obra, ya que es una explosión de reflexiones y sentimientos. Estamos ante una profunda reflexión artística sobre el poder. La creación colectiva la realizaron Karlos López Rentería y Javier Quiroz y la dirección estuvo a cargo Diego La Hoz. En el acogedor espacio de la Casa, la obra funciona muy bien, todos los juegos de voz, que dan vida a diferentes discursos y personajes, se perciben con claridad y acompañan los movimientos y desplazamientos. El reto, como hablábamos ayer con Valeria –amiga de Espacio−, es adaptar la obra a otros espacios. Estoy seguro que esto no será un problema para Karlos y Javier, quienes además de manejar un amplio espectro de técnicas dramáticas, también manejan la dramaturgia en general, como queda comprobado en esta obra.