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sábado, 25 de marzo de 2017

ODA A LA LUNA

En una de las mejores escenas de Scarface (1983), Tony Montona, ebrio y agotado, decepcionado de su vida, reclama a la gente que lo mira: «¡Qué montón de estúpidos! ¿Saben por qué? Por que no tienen las agallas para ser lo que quieren ser. Necesitan tipos como yo. Necesitan tipos como yo, para señalarlos y decir: “Ese es el tipo malo”. ¿Y ustedes que son? ¿Buenos? No son buenos. Solo saben esconderse...»

Oda a la luna, escrita por Carlos Gonzales y dirigida por Fernando Luque, es una reflexión acerca del deseo de trascendencia. Estos días, más que nunca, buscamos trascendecia en vez de felicidad, aún cuando aquella llegue con la ayuda de una tarjeta de crédito o se agote en una noche de excesos... Anhelamos trascender, y por perseguir este objetivo, inevitablemente, nuestras vidas se vuelven insustanciales.


En esta obra nadie tiene las agallas para ser lo que quiere ser, ni siquiera Marco (Juan José Espinoza), quien gana un viaje a la luna. Este premio no es un reconocimiento, es simplemente un escape. Marco no es un escritor, gana el concurso por un poema que escribiera alguna vez en su juventud. De modo que su viaje es alegórico, representa algo más: una forma de huir de la intrascendencia. Así como él, los demás personajes viven atrapados por sus egos dañados, quieren trascender, quieren creer que sus vidas tienen «potencia y originalidad», practican una especie de autoaceptación doliente, viven entre engaños y apariencias.

El argumento de la obra ─el viaje que gana Marco─, en realidad no es el argumento. La historia de Marco se conecta con las demás pero solo tangencialmente. La pareja interpretada por los actores Lucho Ramirez y Montserrat Brugué conforman una historia independiente; Gabriel Gonzales y Alexa Centurión también interpretan a otra pareja con una historia singular... De hecho ambos interpretan la escena más hilarante; una clara evidencia del ingenio y la calidad del texto. De modo que estamos ante varias historias independientes. A partir de ellas, la dramaturgia y la dirección buscan construir una estructura dramático-discursiva compleja, pero no lo logran.


Se podría decir que la naturaleza de la obra es fragmentaria, pero el texto adolece de una cohesión global, esto convierte al montaje en un conjunto de escenas. No obstante, los parlamentos son atrevidos, entretenidos e inteligentes. El director ha optado por una dispoción escalonada con distintos niveles ─andamios de madera─ esto distancia aún más las escenas y refuerza el caracter fragmentario. Aunque también ha planteado algunos efectos sonoplásticos interesantes que buscan cohesionar las distintas historias. Las actuaciones no son uniformes, la mayoría derrochan una energía excesiva, esto impide gozar la originalidad del texto. La excepción es Juan José Espinoza, quien logra construir un personaje sincero, su performance está en equilibrio con el cáracter incoherente y absurdo de la propuesta.

En resumen, Oda a la luna es una obra interesante, debido en especial a la calidad textual de ciertas escenas. Dada la inusual singularidad discursiva de este montaje, estamos seguros que Carlos Gonzales podrá crear universos mucho más sólidos y atractivos en el futuro.              

jueves, 10 de noviembre de 2016

LUZ OSCURA

La mayoría de personas pasan por la vida sin sentir grandes motivaciones en el corazón, sus intereses son creados por la vida misma, quieren viajar, enamorarse, tener fortuna. Sin embargo, existen algunas que tienen otro tipo de aspiraciones, quieren dominar un arte, ser expertos en determinada materia, explorar ideas o conceptos... Estos deseos no tienen como motivación directa la vida, sino que se transmiten a través del arte, la religión, la ciencia. Generalmente, las personas más contrariadas e infelices son las que no saben distinguir claramente qué es lo que quieren. El profundo deseo de expresar el mundo desde su subjetividad se convierte en una sombra que los corroe por dentro y les susurra palabras como poder, fama, trascendencia. En ese momento, una luz oscura se apodera de sus egos enfermos, y sus vidas comienzan a ser gobernadas por la ansiedad y desesperación.


Luz oscura, obra escrita por Gonzalo Rodríguez Risco y Julia Thays, nos cuenta la historia de Amanda Luna (Nidia Bermejo), una infeliz actriz que no pudo lograr sus objetivos; y, por eso, vive autoexiliada en España y protegida por su esposo Fernando (Alberick García). Ambos regresan a Lima, donde los espera Willy, un amigo cercano de Amanda Luna o Mandy, como él la llama, quien alcanzó el éxito a costa de innombrables sacrificios. A partir de la historia de Amanda Luna, se muestra la realidad en su dimensión más grotesca y descarnada; la obra no solo nos habla del mundo teatral y artístico sino también de la condición humana actual, ya que trabaja tipos psicológicos complejos en cada personaje. Luz oscura es terrorífica porque recrea la infelicidad del ser humano. Hombres y mujeres que enloquecen por la fama y el poder, que mendigan afecto, que deambulan acosados por el mundo, desamparados, desesperados.

Pero todo esto conservando un impecable trabajo estético y explorando innumerables matices. Los tres actores fluyen en escena como fantasmas durante casi todo el montaje. Movimientos performáticos y otros recursos escénicos –iluminación, utilería– se combinan con los parlamentos, de modo que, al mismo tiempo que se seduce al espectador, se plantea una interpretación intelectual demandante. Es que la estructura de Luz oscura es especial, no particularmente porque recurre a la narración circular, sino porque a través de las escenas y diálogos se exploran los pensamientos de los personajes, para ello se combinan voces, se mezclan recursos escénicos, se quiebran los ritmos. El montaje logra cambiar el registro emocional de manera estupenda. Se pasa de un tono jovial e irónico a uno ácido y despiadado. Un momento de candor y ternura se puede convertir en uno desagradable y patético. En uno de los momentos dramáticos más intensos, Amanda Luna es acosada por todos sus demonios, entonces, sale de escena, rompe la cuarta pared, grita y utiliza un recurso metaficcional memorable.      


Los tres personajes plantean personalidades psicológicas disfuncionales. En ese sentido, es necesario recrear emociones complejísimas para darles vida. Felizmente, los tres actores cumplen plenamente con este requisito. Amanda Luna cobija en su interior a Mandy y Sofi, la primera es una grácil y delicada actriz, la otra, una niña-mujer sensual y contrariada. Nidia Bermejo representa estos papeles perfectamente. Se desenvuelve con gracia y elegancia entre la performance y los parlamentos, es sutil y atractiva cuando su papel adquiere cierta carga erótica y desconcertante cuando bordea el umbral de la locura. Jesús Neyra logra que Willy conserve su orgullo intacto a pesar de su afección traumática. Pensamos encontrar estereotipos en la actuación y la voz de Jesús, pero todo lo contrario, supo crear un personaje propio y autónomo, con los matices psicológicos necesarios. Finalmente, Alberick García nos tiene acostumbrados a actuaciones correctas, es uno de los actores más constantes del medio.

La dirección estuvo a cargo de Julia Thays, de lo expuesto se puede colegir que estamos ante un trabajo impecable. No obstante, Luz oscura es memorable, principalmente, por las actuaciones, las cuales permitieron crear un mundo aterrador pero seductor al mismo tiempo.

  


lunes, 14 de septiembre de 2015

KATRINA KUNETSOVA Y EL CLÍTORIS GIGANTE



Desde su estreno, Katrina Kunetsova y el clítoris gigante – obra escrita y dirigida por Patricia Romero y ganadora del Festival Sala de Parto 2013− ha tenido un contundente éxito; cuenta con dos temporadas (Teatro de la Alianza Francesa y Teatro Ricardo Palma); además, ha sido repuesta en funciones ocasionales, y dentro de poco viajarán a Argentina, a un festival internacional. Así que no podíamos perdernos la oportunidad de ir a verla en el Festival Sala de Parto 2015, convocado por el Teatro La Plaza.


Creemos que esta obra cautiva al espectador porque aprovecha al máximo todos las ventajas que ofrece el teatro mimético representacional. Atendiendo a lo dicho, lo más importante es el argumento: Una actriz porno ha decido dejar de trabajar; quiere pasar el resto de su vida a orillas del mar y en compañía del ser amado. Luego, la estructura –disposición de las escenas− es sencilla; los quiebres y los matices necesarios nacen de la dramaturgia depurada y atractiva. A su vez, la metáfora certera, por lo desenfada y cruda, lleva a un límite extremo el juego con el cuerpo de la protagonista, y deja un positivo y contundente mensaje final. Por último, estamos ante una obra de contrastes; por ejemplo: a la vez que somos testigos de un mundo perverso, asistimos al milagro de San Juan de Nepomuceno, santo patrono de Praga, que acude al llamado de Katrina.   

La última característica es, sin duda, la más relevante. Trataremos de analizar algunos detalles al respecto. El objetivo de Katrina es dejar el mundo de la pornografía. Para lograrlo, cree que necesita un compañero; quizás, por eso, la búsqueda del amor la lleva a límites luctuosos. Katrina es dulce, encantadora, tiene un alma transparente, cree en las señales, en los milagros. Quizás por eso, desea encontrar el amor con tanto fervor, no importa que al hacerlo, se destruya a sí misma. Estos matices extremos nos cautivan. Nos apasiona conocer a una estrella porno que quiera conocer el mar, dejarlo todo –felaciones, mamadas, orgías, sadomasoquismo− y enamorarse con locura penitente como la mujer más piadosa, devota y desamparada.


Obviamente, estamos ante una obra de personaje. Es difícil imaginar que otra actriz y no Kareen Spano pudiera haber interpretado a Katrina Kunetsova. Cuando ella se para frente al público, en el centro del escenario y relata su historia, mirándonos con ternura; su voz acaramelada, sus movimientos acompasados, el triste brillo de sus ojos, nos cautivan; y la comprendemos, aceptamos su desamparada personalidad. Aceptamos que es una estrella porno que anhela cambiar su vida y conocer “el principio del amor, el origen de todo lo demás”. También existen claras oposiciones en cada personaje masculino. Estas añaden matices jocosos, perversos, misteriosos, que acompañan el sugerente universo que crea este inolvidable personaje antológico: Katrina Kunetsova.  

jueves, 23 de octubre de 2014

SOBRE LOBOS


Hace poco terminó la temporada de Sobre lobos, obra escrita y dirigida por Mariana Silva Yrigoyen, en la que actuaron Gisella Ponce de León, Lilia Nieto y Gerardo García. Esta obra nació de Sala de Parto del Teatro La Plaza; concurso que premia, cada año, a dramaturgos nacionales. Sobre lobos es muy atractiva, y tiene varios méritos y muchos matices; como un capullo, se abrió, poco a poco, ante nosotros. Para Mario Vargas Llosa escribir ficciones, leerlas, o ir a verlas es un acto de protesta contra la mediocridad de la vida. A través de la ficción escapamos, momentáneamente, de la prisión de la realidad. Y luego, regresamos a ella, mucho más rebeldes, inconformes ante la omnívora injusticia.



Resulta muy interesante, tomando en cuenta estas reflexiones, analizar la obra de Mariana Silva. Cómo podemos aprender sobre la vida y la esperanza a través de una historia que nos cuenta lo más cruel y sórdido de nuestra realidad. Para Vargas Llosa logramos esto si construimos una historia rica, profunda y compleja, donde la forma y las técnicas sean lo primordial. Consideramos que Sobre Lobos ejemplificó estos planteamientos del nobel. Julia (Gisela Ponce de León) es una joven correctora de estilo que ha sido violada (dato que permanece oculto, aunque no sea difícil de adivinar), que busca recluirse y para eso alquila una habitación a Gloria (Lilian Nieto), una vedette retirada que lucha para conservar su casa en Miraflores, último blasón de su pasado glorioso y su ascenso social.   

El principal motor de la obra es el descubrimiento de la personalidad y la verdad oculta de ambas protagonistas. Mariana Silva logra un bello contrapunteo entre ambos personajes. Se maneja la información, la intensidad y los silencios dramáticos de manera muy productiva e interesante. Pero el principal mérito radica en el texto y la construcción de los personajes. Mariana Silva ha construido su propio mito para esta historia. Así, luego de ver la puesta en escena la palabra “lobo” adquiere nuevos significados, y descubrimos que el título: Sobre lobos, hace alusión a los animales que viven en manada, para sanarse y protegerse. Julia y Gloria son lobos, el título del drama se refiere a ellas; pues cada una descubre el mundo interior de la otra, dejan la individualidad (gobernada por el dolor) y se convierten en manada, en familia. 


Pero para extraer una lección de esperanza de la realidad cotidiana no basta un adecuado manejo simbólico de la historia; es necesario enriquecer el mundo real. Si los personajes solo sobreviven a través de datos escondidos o en función de dicotomías evidentes, bien podríamos buscar lecciones de vida en los programas dominicales. Para que un drama nos contagie rebeldía y ganas de vivir, los personajes deben ser tridimensionales, no se deben agotar en características superficiales. En Sobre Lobos tenemos, al menos, dos ejemplos de este tipo de personajes.  Debido a que la ficción condensa la vida, de igual manera los personajes deben condensar al ser humano, recrear toda su escabrosa profundidad solar. Estaremos más cerca de la verdad psicológica y dramática del personaje, mientras más nos alejemos de todo arquetipo preconcebido. Por eso, como afirma Lilia Nieto, la construcción de este tipo de personajes es un acto de valentía: el actor debe «atreverse a descubrir la verdad del personaje».    

 * La cita de Lilia Nieto y algunas reflexiones son tomadas de la sesión de Escuela de Espectadores en la que se comentó esta obra.